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sábado, julio 08, 2006

Las mismas calles

El frío recorre cada segmento de la superficie en esta ciudad. Son las 5 de la tarde y aunque apenas asoman unos escasos y tenues rayos de sol, el aire congelado encuentra los poros de las vestimentas para introducirse. Todos se quejan en vano porque ante las suplicas, él no cesa.

Las calles que todos los días recorro no dejaron de ser hoy las mismas, pero un minúsculo cambio, un suceso inesperado puede cambiar hasta las mismas sensaciones de nuestro estado, puede cambiar hasta el color del día, y puede hasta sumergirnos en un mundo de locura.

Todo parece habitual, cada paso me da rostros sin identificación que pertenecen a esta sociedad de masa de la cual yo también formo parte, pero de todas formas se ven excepciones el quiosquero, el revistero, y algún que otro vecino, pero la muerte no pregunta y está a tu lado, camina de tu mano...

Allí, separados apenas por 20 metros, él detuvo su caminar. Hombre de larga edad, robusto, de nariz acorde a su cuerpo, hombros erguidos y mirada tierna, serena y casi celestial que pide desgarrando el silencio la más urgente de las ayudas.

Primero detuvo su cuerpo y apoyó su mano sobre la pared, ya se sabía que era lo que ocurriría. Solo bastó que pasarán unos miserables segundos para desvanecer su anatomía fornida y rígida, que se detuvo de una sola vez azotándose contra el sólido piso. Fuimos tres los que llegamos a hasta él antes de que comenzara a reunirse a su alrededor la gente que antes que ayudar prefiere crear absurdas hipótesis, mientras que sus vitales cuerpos palpitan y estorban.

Como era de suponerse pedir ayuda llamando al 107 del hospital era absurdo, pues cada vez que desde el celular lo marcaba del otro lado solo se podía escuchar un inservible resonar de un timbre que indicaba que estaba ocupado; lo que no estoy segura de pensar es sí alguien más estaba necesitando del servicio de emergencia o si acaso con el afán de no ser molestados simplemente dejaban el teléfono descolgado.

Alguien que no dejo ganar tiempo, corrió hasta la sección de policía, quienes por medio de sus radios se comunicaron. Así mismo, un par de efectivos ineptos se acercó, con el solo fin de demostrar que no sabían hacer nada.

Los segundos parecían detenidos y a la vez fugaces, pero a decir verdad era como si se hubiese abolido la condición del tiempo, llevándose con él la sensación de realidad. Mis manos sentían la necesidad de agarrar algo que no existe a la luz de los ojos y los sentidos, pero que se percibía cuando se iba. Nada de lo que sabía servía. Nada de lo que hacía ayudaba. Nada de lo que el tiempo y el espacio en mi perpetuaba, lo anhelaba.

La muerte es la muerte, y nada más. Antes vivo, luego muerto. Pero un cuerpo vivo no inspira mas de lo que cotidianamente inspira. Pero un cuerpo muerto no inspira más que lágrimas y dolor. Pero un cuerpo de repente con vida y de repente con muerte (o sin ella). Un continuo ir y venir. Salir del mundo (o no), volver a él (o no). Solo en una abstracción sin sentido o con él, pero en definitiva un proceso que no se puede ver y se puede vivenciar.

La muerte iba ahí invisible de mí, pero no imposibilitada de que alguien pueda sentirla y que los espectadores de su alrededor podamos entender que allí ella anda... recorriendo nuestro mismo rumbo, nuestro mismo lugar, nuestros mismos tiempos, hasta que en un día cualquiera sin presuponerlo (o si), nos veamos frente a frente y nos fundamos en un fin (o en un principio).

1 comentario:

Iohannes Dei dijo...

ok

www.lanaveargos.blogspot.com